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La obsolescencia programada que nos programaron a todos.

Escuché este palabro por primera vez hace unos años, al poco supe que se usaba para explicar la regla de la industria tecnológica que hace que aparatos del tipo móviles, ipads, tablets, cámaras, videoconsolas, ordenadores, ipods y un largo etcétera, pasen a estar en poco tiempo anticuados, viejos u obsoletos, para ser reemplazados como objetos del deseo por otros modelos con más prestaciones, más pequeños, más bonitos o simplemente con un nombre nuevo que pudiera gustar a la gente y con el que poder seguir haciendo rodar la máquina del mercado. Era la moda, el mercado, el capitalismo, nada podía yo hacer. Aunque aguanté con un mismo teléfono móvil casi cuatro años, todo un record en estos tiempos. Si bien lo mío venía ya de lejos, recuerdo cómo siendo un adolescente le tomé especial apego a una camiseta negra larga con un símbolo blanco pintado en el corazón, que por más vieja que se hacía con cada lavado más me gustaba. Lo mismo me pasó luego con mi primera moto, con mi primera novia o con mi primer coche, y así con todo, cuanto más tiempo pasaban conmigo las cosas -y las personas- más cariño les tomaba. Nostálgicos, los llaman a los que son así como yo.
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Hoy sigo siendo un nostálgico que mira al pasado, pero no dejo por ello de observar y participar en el mundo cambiante y acelerado que me ha tocado vivir. Y en esas me doy cuenta que esta obsolescencia programada que inventaron los especialistas en venderlo todo para una serie de productos electrónicos, sin darnos cuenta se ha extendido ya hoy a la mayoría de productos de consumo de masas, desde la moda en el vestir, pasando por los cosméticos, los restaurantes, los electrodomésticos, los vehículos a motor, la música y hasta los alimentos, si me apuran. Todo tiene una fecha de caducidad, nada es para siempre, nada es siquiera para mucho tiempo. Todo es efímero, un subidón, una explosión de adrenalina, una emoción, una satisfacción cumplida que pronto pasa a ser algo aburrido que necesita de ser imperiosamente reemplazado por otra cosa nueva. Así es y así debe ser si queremos seguir creciendo, nos dicen los que saben de esto del capitalismo.
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Con todo, lo triste del asunto no es que la gente tenga la necesidad de poseer cosas que están a la moda para cambiarlas al poco tiempo por otras cosas nuevas, lo grave es que esta obsolescencia vertiginosa en la que caen los productos de consumo invade hoy ya también el espacio reservado a las relaciones entre las personas, más allá de los objetos o las modas. En la Educación por ejemplo, hoy se adiestra a los jóvenes, a los niños, a los universitarios, básicamente en saberes técnicos, al tiempo que se les atiborra de materias que han de aprender para aprobar un examen pero que más les vale no retener mucho tiempo una vez superada la prueba. En las aulas se les dice que sólo tendrán éxito aquellos que sepan reinventarse a cada paso y actuar en condiciones cambiantes, aquellos que sean capaces de olvidar hoy lo que un día fue importante si la situación lo requiere.
Tanto o más de lo mismo lo que sucede hoy en el mercado laboral. Hace tiempo que quedaron atrás los trabajos fijos en una cuidad fija con un buen salario para toda la vida. Y no sólo porque las legislaciones laborales de los países del Primer Mundo así lo quieren, también porque es eso lo que se inculca, en las escuelas empresariales, en los foros de negocios y en todo lugar donde se hable de trabajar con expectativas de mejorar en el trabajo. Lo que se recomienda a los asalariados ambiciosos es que desistan de comprometerse en trabajos de larga duración que puedan llegar a ser permanentes, y mucho menos implicarse emocionalmente. Si quieres triunfar en la vida hoy -te dicen-, tienes que estar formado, una carrera, o varias, si es posible, y hablar idiomas, tres o cuatro, preparado para hacer la maleta en cada momento, siempre con poco equipaje, en busca de una nueva oportunidad en cualquier otro lugar.
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Y bien haríamos en estar contentos si la cosa quedara en estos dos planos, el educativo y el laboral. Lo verdaderamente dramático de la historia, y de nuestra sociedad, es que este usar y tirar, este comprar y vender, esta obsolescencia fulgurante de nuestro tiempo ha saltado del mundo de los objetos al resto de ámbitos de nuestro mundo, y así, sin darnos cuenta, hoy también son de usar y tirar la mayoría de relaciones humanas, más allá del mercado, del trabajo o de la educación, esto es, la amistad, el amor, los afectos, lo más íntimo y sagrado que nos quedaba. Hoy los amigos se hacen a golpe de clic y se pierden a golpe de “eliminar”, tan rápido como llegaron, no vaya a ser que te compliquen, no sea que te pidan algo. Hoy, son más las parejas que se separan que las que permanecen juntas para toda la vida. Hoy parece que el Marqués de Sade y su desaforada entrega a los placeres del cuerpo se ha impuesto definitivamente a Immanuel Kant y sus imperativos categóricos, y a su “trata siempre a los demás como te gustaría que te trataran a ti”. Hoy puedes tener sexo tan rápido y a la mano como lo es comprar una pizza; hoy hombres y mujeres tienen listas de amantes que comparten y de las que presumen, a ver quien la tiene más extensa, siempre sin implicaciones emocionales. Ya se acabó, ya no se lleva lo del cortejo lento y trabajado; el amor, una cursilería, nada cool, siempre acaba mal, se dice.
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Y así, observo yo que son las cosas hoy en día. Es divertido esto de usar y tirar todo y a todos. Una increíble sensación de poderío, tal vez de libertad. Pero cuidado, llegará un momento en el que ya nadie te compre, porque serás viejo y estarás muy usado y obsoleto, entonces, a ti es al que desecharán, y, sin darte cuenta, estarás solo. Entonces, igual ya no es tan divertido.

Eloy Cuadra