Imagino que conocen el viejo cuento de “El traje nuevo del emperador”: el rey está desnudo pero nadie se atreve a decirlo. Con la última película de Torrente me parece que asistimos a una representación colectiva similar, en la que casi nadie se atreve a decir lo evidente: que el rey está desnudo. O, en este caso, que la película es, sencillamente, una bazofia infumable. Porque cuando una obra bate récords de taquilla y se convierte en fenómeno social, se genera una inercia difícil de romper, y quien se sale del consenso corre el riesgo de parecer exagerado, elitista o incapaz de entender el humor español. Y así, entre risas, aplausos y cifras millonarias, se consolida una especie de silencio cómplice que impide una crítica honesta. Pero, me van a disculpar, es tan grosera y evidente la intención de la película, que se hace muy difícil no decirlo.

Para empezar, la última entrega de la saga creada por Santiago Segura no es simplemente una comedia de mal gusto, como lo fueron todas las anteriores. Tampoco es solo una provocación más dentro de un personaje que siempre ha jugado con los límites. Por primera vez, bajo la apariencia de parodia -para quien se ría porque a los cinco minutos de repeticiones ya no te ríes más-, la película construye un relato que reconfigura la política española, para blanquear solo a una parte de ese espectro político.
A ver si me explico mejor. Aquí ya no estamos ante el Torrente marginal, grotesco y ridículo que servía como espejo deformante de una España rancia. El Torrente Presidente da un salto cualitativo: se convierte en líder político. Y ese salto no es inocente. Y no lo es porque el esquema es transparente. Por un lado, un presidente caricaturizado -Pedro Vilches- que remite de forma evidente a Pedro Sánchez. Por otro lado Torrente, líder inesperado de un partido llamado “Nox”, cuya identificación con Vox es inmediata. Hasta aquí, podría parecer una sátira que reparte golpes a ambos lados. Pero no es así.

La clave está en quién ocupa el lugar del protagonista. Porque en narrativa, y en cine más todavía, el protagonista no es neutral: es el punto de identificación del espectador. Y aquí, ese lugar lo ocupa Torrente. Es él quien hace reír, quien articula la acción, quien encarna -aunque sea de forma grotesca- una supuesta reacción frente al poder. Y el resultado es sutil pero eficaz:
lo que se presenta como parodia termina funcionando como normalización. Porque Torrente es fascista, racista, machista, misógino y muy tradicional, pero es el protagonista, parece gracioso, y a su manera grotesca y bruta -igual que Vox- intenta defender ciertos valores tradicionales de España con los que muchos se identifican.
Habrá quienes defiendan la película diciendo que “de todo se puede hacer humor”. Pero esa afirmación, sin contexto, es profundamente ingenua, y en este caso muy dañina. Porque cuando el protagonista hace chistes sobre mujeres obesas, personas con discapacidad o personas homosexuales, no estamos ante una crítica del prejuicio, Santiago Segura reproduce el prejuicio y se ríe de ellos. Cuando esa reproducción se da desde el personaje central, el mensaje implícito es claro: no solo se puede decir, sino que además es gracioso decirlo. Pero, ¿le hemos preguntado a las mujeres obesas, a los homosexuales o a las personas con discapacidad si les hacen gracia los chistes de Torrente a costa de ellos? Probablemente ninguna. Frente a esto, conviene recordar que existe otra forma de hacer comedia. Películas como “Campeones” de Javier Fesser por ejemplo, demuestran que se puede hacer comedia con realidades sensibles sin convertirlas en objeto de burla, y sí en espacios de empatía.
Uno de los elementos más reveladores de las intenciones del director está en los cameos. La acumulación no parece casual. Aparecen figuras como Willy Bárcenas, hijo del tesorero del PP condenado por corrupción. Aparece Vito Quiles, conocido por su estilo de confrontación política contra políticos y periodistas de izquierdas. Y aparece El Pequeño Nicolás, vinculado a múltiples escándalos judiciales. A la lista se suman nombres como Carlos Herrera, Pablo Motos, Juan del Val o Bertín Osborne, todos ellos asociados a una línea editorial muy concreta. También sale M. Rajoy, interpretándose a sí mismo… ¡para solta un discurso sobre la honradez del político! Y el guiño internacional tampoco es inocente, pues son Donald Trump y Javier Milei los que aparecen como referencias reconocibles de una misma corriente política. ¿Es casual toda esta constelación de famosos del mismo corte? Resulta difícil sostenerlo. Más bien parece una operación cultural para convertir un determinado ecosistema ideológico en algo cercano, cotidiano y, sobre todo, simpático.
El giro más preocupante llega cuando el propio gobierno de Pedro Vilches intenta asesinar a Torrente utilizando el aparato del Estado. Aquí ya se acaba la fiesta y la película cruza una línea clara, introduciendo una narrativa clásica del populismo contemporáneo: ese que viene a decir que el poder institucional está corrompido y persigue a quienes “dicen la verdad”. Santiago Segura refuerza aquí la idea de que las instituciones democráticas son enemigas del “pueblo”, y que quienes se presentan como outsiders -aunque representen posiciones reaccionarias- son en realidad sus defensores. Podría ser, pero no en todo caso, y no con este mensaje.
A pesar de lo evidente, el gran escudo de la película es el de siempre: “solo es humor”. Y me dirán que “es arte”, “es libertad de expresión”, “no seas censor”, “enemigo de la libertad”. Pero el humor no es neutro. Y no es lo mismo reírse del poder que reírse de los vulnerables. Como no es lo mismo satirizar un sistema que normalizar sus prejuicios. Y ahí está el problema de fondo: Torrente Presidente no incomoda al poder real que dice criticar. Lo reconfigura, lo humaniza y, en última instancia lo legitima, porque en el fondo es gracioso, y los españoles somos así, nos reímos de todo.

Un detalle menos visible que también está, y no quiero dejar de comentar porque me toca muy de cerca y es un problema capital en este país: es el tratamiento que da al problema de la vivienda. En lugar de abordar una de las principales crisis sociales de España, la película nos presenta a Jesulín de Ubrique caricaturizado como un vividor que no paga alquiler porque lo protege el Escudo Social del Gobierno -que ya no existe por cierto-, en una clara alusión a las políticas impulsadas por el Gobierno de Pedro Sánchez. Y otra vez esto no es ni inocente ni gracioso, porque acaba desplazando el foco desde las causas estructurales del problema -especulación, falta de parque público, turistificación- hacia el relato acostumbrado de criminalizar a los vulnerables. Remata ese marco, para que quede claro, con la aparición en los créditos finales de un supuesto Ministerio de “Desokupación”, reforzando el discurso promovido por partidos como Vox y el PP, donde la ocupación se presenta como el eje central del conflicto habitacional. Así, lo que debería ser una crítica social se convierte en una herramienta más de simplificación ideológica, alineada con una narrativa que beneficia claramente a la derecha.
Hasta aquí lo que les puedo contar. Siento el spoiler, pero igual les ahorro diez euros malgastados y hora y media de inyección ideológica subliminal. Este es el Torrente que yo vi este jueves de tormenta, un tipo que funcionó como caricatura incómoda de ciertos rasgos de la sociedad española durante años, que en esta entrega final se ha pasado algunos pueblos y se suma al nuevo populismo español, blanqueando lo imblanqueable.
Eloy Cuadra, escritor y activista social.
Versus Sistema Contra el Sistema